Crónica de una menstruación revolucionaria
No solemos saber el impacto de lo que hacemos hasta que pasan los años. Hoy, casi 20 años después, recordé efectivamente cómo la condición de ser mujer puede ser un arma, un castigo, una ley, un cambio, una revolución o todo a la vez.
En este día me nació escribir estas letras
porque estoy en una etapa de la vida donde comienzo a comprender la amplitud de
lo que significa ser mujer y el impacto que esto puede generar en las
sociedades. Con estos 41 febreros encima, mis vivencias, mis lecturas y mi
observación del mundo, puedo decir: ¡Eureka! El mundo nos necesita brutas,
ciegas y sordomudas. Si las mujeres pudiéramos ser y estar como nos lo pide el
alma, este mundo tendría otra historia, porque la fuerza de cuando estamos
juntas es simplemente arrolladora.
No me considero feminista, pero vengo de
cumplir un sueño feminista: estar en una marcha del Día de los Derechos de la
Mujer. En Colombia siempre quise, pero me daba miedo. Hoy fui en Francia, el
país de las protestas. Fui con mi esposo. Había mujeres y hombres, gays y lesbianas,
abuelos y abuelas, niñas y niños de todos los colores, de todas las culturas,
cantando y gritando por aquellas que no pueden hacerlo.
Estas letras no pretenden ser un acto heroico,
pero sí una bocanada reflexiva sobre la importancia de todas las luchas que
vienen haciendo y que venimos haciendo las mujeres desde los principios de la
humanidad. Así, estos movimientos colectivos obligan a la autoobservación desde
un ángulo de poder que nada tiene que ver con los sistemas opresivos, sino con
ese poder interno y energético que nos abraza.
Vi una pancarta sobre la menstruación.
Inmediatamente, mi mente viajó a un episodio menstrual, pero no uno cualquiera.
Estamos hablando de uno que, junto a un revuelto hormonal, me hizo sacar una
fuerza interna que no conocía, pero que tuvo un impacto en nuestra vida de
médicos internos al final de nuestra carrera. Después de que armé el show, me
dio como susto, pero creo y estoy convencida de que mis espíritus feministas
revolucionarios me cuidaron.
Quizás muchos no lo recuerdan, pero corría el
año 2005 y la crisis de salud en Cartagena era tal que el Hospital
Universitario del Caribe fue cerrado. En ese orden, la Universidad de Cartagena
concertó con el Hospital Clínica San Juan de Dios (antiguo Seguro Social) las
prácticas clínicas de sus estudiantes.
Cuando veo en esas pancartas la lucha por
conciliar trabajo y ser mujer, se me viene a la mente una noche de turno.
Rotaba yo en urgencias de Medicina Interna con el profesor Luján. Tenía la
menstruación: cólicos, antiinflamatorios, malestar. Sin embargo, tal como nos
han enseñado, medicamento y seguir, pues no hay tiempo para sentir dolor y
mucho menos para darle chance a los hombres de decir que somos unas débiles.
Una vez terminado el corre corre con los pacientes,
cerca de la 1 a. m., tenía ganas de ir al baño. Fui finalmente a uno
cualquiera, lejos de donde dejábamos nuestras cosas, entre ellas las toallas
sanitarias. Resulta que el cuarto habilitado por el convenio universitario no
tenía baño. Yo quería descansar, cambiarme, tenía miedo de mancharme y que me
llamaran por un paciente y no estar “presentable”. Porque, mirando hoy en
retrospectiva, me viene a la mente: ¿Quién nos enseñó que nuestra sangre era
asquerosa o que había que esconderla?
En fin, no sé si fueron las hormonas, el trasnocho, el hambre o todo junto a la vez. Pero esa noche pensé: "¿Cómo habilitan un centro sin que las médicos internas tengan un baño para cambiarse?". Con esa energía revolucionaria en mis venas, hice lo que siempre he sabido hacer desde mi vida de adolescente: cartas incendiarias. Me dije: "Si funcionó en el colegio, ¿por qué habría de fallar esta?".
Créanme, pensé en los curas, puesto que eran los
administradores del hospital. Pensé que estaba a tres meses de terminar el
internado y que tenía miedo de que eso significara alguna sanción. Pero algún
espíritu libertario me sostuvo. Quizás fueron las fuerzas de mi tía Carmen
Rocha, quien años atrás fue jefe de enfermeras y tuvo un fuerte liderazgo en el
sindicato del hospital. La pensionaron antes de tiempo porque era "muy
intensa", como me lo hicieron saber sutilmente en mi primera semana de
internado, luego de que vieron mi apellido en la bata.
—Doctora, ¿esos Rocha son de María La Baja?
—¡Sí!
—¿Usted qué es de la licenciada Carmen?
—Sobrina —respondí yo.
En esa época, luego de los turnos, había una
interna que pasaba por todos los servicios recogiendo todas las interconsultas.
Si mal no recuerdo, se le llamaba interna Interconsultante. Esa interna era
yo. Aproveché esa figura para recorrer todos los servicios y recoger las
firmas. No les miento, pensé que mucha gente no firmaría. Pero, para mi
sorpresa, casi 400 médicos la firmaron.
Casi una semana después, tuve otro post-turno,
y ya con la menstruación en fase de despedida, salí a la dirección del
hospital. Me dijeron: "¡Es el padre Alexander quien se encarga de los
internos!". Me fui a buscar al cura.
Todavía lo recuerdo. Todo cachaquito él, talla
media, piel clara, con sus lentes de gente intelectual. Medio gordito. Quienes
rotaron allá sabían ese espacio entre la entrada y la cafetería. Ahí lo
intercepté.
—¡Padre Alexander, buenos días! ¿Me permite un
momento?
—Sí, mi doctora, cuénteme —así, con ese
acentico rolo que huele a changua.
Yo creo que el cura Alexander no se esperaba
tan temprano una carta como esa. Ya eran las 8 y algo, empezando el día, turno
entregado, pero en Cartagena, con el sol turbo láser, ya parecía mediodía.
—Me firma el recibido, por favor —le dije.
Se bajó los lentes y me dijo:
—Esto habrá que revisarlo.
—¡Precisamente para eso es la carta, Padre,
para que nos sentemos a revisar!
Para mi grata sorpresa, una semana después nos
anunciaron que, luego de varios análisis institucionales, un área de
habitaciones y baños para los médicos en formación sería habilitada en el piso
sexto. Efectivamente, a los quince días teníamos habitaciones con literas de
barras rojas (casualmente), baños, colchones, todo nuevo. Mi corazón sonrió. Mi siguiente
menstruación también.
No lo gocé mucho tiempo, porque terminé mis
prácticas para irme al Chocó al servicio rural, pero les quedaron a las
internas y los internos de las siguientes generaciones espacios dignos en su
espacio de formación.
No tienen ninguna pretensión heroica estas
letras, insisto, pero sí una reflexión sobre nuestro poder como mujeres y todo
lo que impulsa nuestra feminidad en cualquiera de los matices en que esta se
viva.
En este día de felicitaciones, yo prefiero decirles que las admiro profundamente. Honro a todas las adelantadas que nos han precedido, especialmente a las de mi familia. Espero me alcance la vida para poder escribir de todas y así para recordarlas.
Por favor, no dejen de hacer sus pequeñas revoluciones, para mí fueron mis reglas, para otras será la maternidad, para otras la lactancia así, en cada uno de
los espacios donde coloquen sus pies habrá movimiento, pero tampoco tienen o tenemos que poder con todo,
porque al final lo que cuenta no es lo mucho que hagamos, sino cuanto de lo que
hacemos es gloria para la eternidad.
Un sororo-abrazo para todas.
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