El guayabo de la libertad

 

Tía Ana

La primera vez que escuché esta historia estábamos sentados en círculo: mi papá, mi tío Guillermo Rocha, mi tía Irmina Rocha, mi mamá y yo.

Como es tradición en nuestro Caribe negro, a los muertos se les recuerda trayéndolos de nuevo a la vida en la conversación. No como quien se va, si no, como quien viene. No como sombras, sino como presencias que vuelven a sentarse con uno. Así llegó esa tarde a nuestra terraza, Ana Victoria Rocha Barrios, hermana de mi abuelo Ángel María Rocha Barrios.

Si tía Ana estuviera viva, estoy segura de que estaría orgullosa de todas las mujeres Rocha. Fue la única niña del matrimonio de mis bisabuelos. Bueno que yo sepa, ustedes saben que en María siempre hay historias paralelas. 

El cuento es que todos decían que desde pequeña no hablaba con todo el mundo. Era una mujer educada, leída, instruida. Guardaba una elegancia que le era natural. Porque eso no se pide prestado; eso se lleva en la sangre, dicen los viejos.

Tía Ana tenía un tono de voz fino, delicado, pero firme. Yo la vi pocas veces, pero siempre que la veía tenía la sensación de estar cerca de una estrella de la familia.

Desde pequeña crecí escuchando que yo me parecía mucho a ella.

Mi mamá, cuando se enojaba conmigo, decía:

—Francia Elena, salió allá donde los Rocha, es pretenciosa como la tía Ana Victoria.

Y agregaba:

—Come poquito y sirve en plato grande, como la gente rica. Igualito que tía Ana.

Cuando mi cuerpo empezó a cambiar con los albores de la adolescencia, me salieron unas caderas que mis tías miraban con orgullo y decían:

—Esas caderas parecen una guitarra, como las de tía Ana… bueno, ese cuerpo es de las Rocha.

Más adelante, cuando me volví una joven llena de fiestas y empezó mi amor por las carteras y los aretes, mis tíos decían:

—Es que ella es la estampa de tía Ana. Mírala !!! muchachaaaaa, ese estilo… esa manera de agarrar la cartera. Eso es de tía Ana. 

Así fui creciendo, observando y analizando a la mujer en la que me estaba convirtiendo. Una mujer formada y criada para no depender de ningún hombre.

—Estudia, porque el día que te quieras ir —decía mi mamá—. No dependas de nadie.

Y también decía algo que en su momento me parecía curioso:

—Trabaja,por si te llega tu menstruación, que siempre tengas tu dinero "para tus modes" unas toallas higiénicas de marca americana.

Yo conocí a tía Ana en persona en 1995, tendría yo 11 años, en los grados de mi prima Yesli Palencia Rocha. Ya el tiempo había hecho su trabajo: la piel había cambiado y la fuerza de la juventud tomaba otro aire. Pero aun así estaba impoluta. Llevaba un conjunto de señora, de esos de los de antes, hecho con modista. Tenía unos tonos rosado y violeta, aretes hermosos y la boca pintada. Tenía una manera de caminar, de hablar, de comer… una finura delicada.

Tía Ana nunca se casó. Y jamás escuché bululú de hombres en su vida.

Según mi abuela Cristina, ella decía que en María la Baja no había hombre para ella.

No tuvo hijos, pero siempre cuidó a sus sobrinos. Entre ellos, a mi papá. De hecho, fue ella quien le puso el nombre de Rafael.

Cuando yo estaba en la treintena, después de la muerte de mi abuelo Ángel, tía Ana cayó en una tristeza profunda. Ya rondaba los noventa y nueve años. 

Era una cristiana devota: rosario en mano, novena de la sangre de Cristo, y pare de contar.

Dicen que en los días que precedieron su muerte, incluso en esos momentos grises, pidió que la arreglaran. Mi papá, que la vió en esos dias, recuerda que te tenía la mente intacta. 

Que le pintaran la boca de rojo.

Que la peinaran bien y que por favor le plancharan la ropa que se iba a poner. 

Porque —dijo— se iba a morir Ana Victoria Rocha y ella a la iglesia no iba a ir mal trajeada.

Así que lo de genio y figura hasta la sepultura fue, sin duda, el mantra de mi tía Ana.

Pero más allá de la estética que acompañaron sus días, después de su muerte empecé a conocer otras historias de su vida.

Y fue en esa ronda familiar, en la terraza de mi casa, donde supe algo que nunca había escuchado: mi tía había sido militante del partido liberal para apoyar el voto de las mujeres en Colombia.

En ese momento yo estaba buscando respuestas para muchas cosas en mi vida. Empecé a mirar los linajes de las mujeres de mi familia, y la vida —que nunca falla— me puso frente a esa conversación.

Ese día algo se encendió en mi inconsciente. Pensé: Capaz toda esa hostilidad masculina que a veces siento, no es mía. No me pertenece. Pero ha sido necesaria.

Mi papá siempre decía:

—Tía Ana era una mujer de fundamento, de respeto. No era parrandera ni fiestera. Nadie tenía nada que decir de ella.

En esas épocas eso significaba que no violaba los códigos morales del momento.

—De hecho —dijo mi papá— yo nunca vi a tía Ana tomando. Y eso que era de la época del ñeque.

Entonces mi tío Guillo intervino:

—¡Hombeee, claro que sí! Pero solo una vez.

Yo abrí los ojos.

—¿Ah, sí, tío? ¿Y cuándo fue eso?

—Jeeee, mija… el día que las mujeres ganaron el derecho al voto.

Sentí una alegría profunda al saberme parte de un clan de mujeres que pensó y luchó por cosas que hoy parecen simples.

Todos empezaron a reír, como cuando se recuerda un cuento macondiano de María la Baja. 

Mi tío Guillo siguió:

—Tía Ana se dio una peaaa que todo María la Baja lo supo.

—¿De verdad, tío?

—Mija, como te lo estoy diciendo. Yo estaba pelao.

Hizo una pausa y agregó, muerto de risa:

—Tía Ana se sacudía el vestido y gritaba:

“¡Que viva el Partido Liberal! ¡Tambalea, pero no cae!”

Ese día pensé:

Entonces sí. Yo sí me quiero parecer a mi tía Ana.

Libertaria.

Dueña de su destino.

Si Dios conmigo, ¿quién contra mí?

Hoy la he pensado mucho.

Hoy, Día de los Derechos de las Mujeres.

Hoy que ejercí mi derecho al voto.

Hoy que me casé.

Hoy que vivo lejos, viviendo la vida que he querido vivir… o al menos intentándolo.

Después de votar, me tomé un café reflexivo. Salí a caminar y me senté en una placita en Lyon a respirar el sol.

Y seguí pensando:

No todas las rebeldías se hacen con plomo o con machete.

Quizá no casarse y no tener hijos fue su manera —silenciosa, pero firme— de decir no a un sistema que, para su época, podía ser cruel y despiadado.

Una lucha en silencio.

Con cariño fraterno,hoy para todas las mujeres de mi familia,las honro.

 

Comentarios

Entradas populares