Su majestad: La mecedora
Pensé escribir sobre un tema de la lista de cosas que tenía programadas, pero esta mañana cuando escuché a mi mamá hablar con mi tía Viso por teléfono, elegí reclinar mis letras de esta semana en una mecedora del Caribe.
El arte de poder jondearse en una mecedora, se aprende desde niños. Inicia con un desafío al equilibrio de un cuerpo en desarrollo que poco a poco gana confianza hasta sentir que puede balancear el cuerpo como si no existiera el mañana.
En mi casa las primeras se llamaron María palito, así les decía mi abuela. Eran 4 pintorescas mecedoras de hierro con un tejido de plástico blanco tubular hueco al interior, el cual había que cambiar cada cierto tiempo. El calor de Cartagena tiene su reputación y las María Palito no fueron la excepción.
Duraron muchos años, cada cierto tiempo se les cambiaba ese plástico, como comprarle ropa nueva a un hijo. El proveedor era un señor de Arjona,un pueblo a menos de una hora de La Heroica, que hacía su trabajo con tanto amor que mi abuela siempre le daba café y si era la hora de la comida, le guardaba su bocado. Como todo en la vida, las María palito se fueron oxidando. Fueron perdiendo vigencia. Fueron decayendo. Fueron muriendo.
El reciclador, se las llevó en la carretilla a cerrar su ciclo de la vida.
Fue así, y gracias a la enfermedad de mamita que llegó nuestra amiga de madera con piel de vaca. Nunca se le puso nombre y siempre ha sido hija única. Fue un regalo de mi tía Vicenta para su mamá, quien venía de sufrir un accidente cerebrovascular.
Mamita después de esa enfermedad pasó ahí días dificiles, pero también de mucha risa. Como cuando yo hacía fiestas y ella en su trono se gozaba todo. Ya hacen 10 años que ella se fue a otro plano existencial, pero su presencia se siente ahí en su amada mecedora.
Viso llamó esta mañana temprano, porque la gente de María llama temprano. Antes de que caliente el sol. A la hora del desayuno, sin preguntar disponibilidades. Solo para saber si la familia amaneció bien.
Pero sobre todo, para preguntar si la yuca que les mandaron del pueblo salió harinosa, no tenía vena, y no estaba amarga.
Para Lo cual efectivamente, mi mamá está mañana me paró de la mecedora de mi abuela, para jondearse y contarle a Viso por teléfono que sí! Que esa yuca si estaba bonita y blanquita, lo cual dijo con una gran sonrisa, como siempre se ríe mi mamá. Lo dijo como una buena noticia, como una buena suerte.
La disertación de la yuca, incluyó: opciones de menú para desayunar, opción de nuevos envíos antes de que se congestionen los buses de María* por la semana mayor, y el más lindo de todos: recordar como su abuela, mi bisabuela, también llamada Vicenta hacía el mismo desayuno de yuca con suero.
La llamada no podía finalizar sin anter dar las novedades. Es decir, "la novedad" de una familia es la pérdida de un ser querido o amigo de consideración, lo cual en el pueblo de mis padres forma parte de cualquier conversación. Pero de eso les contaré en una próxima entrega.
Por lo pronto, hoy cuando apenas el sol estaba subiendo, yo me quedé abstraída, ahí en esa dimensión llamada Caribe, donde se les hace Oda a los alimentos. Ahí, donde la vida es tan simple y al mismo tiempo compleja. Ahí donde se viaja al pasado y al presente con la misma rapidez con que cae el suero en el plato de yuca.
Así es el modus Vivendi por estos lares que los ilustrados llaman realismo mágico, pero que en realidad es una mecedora de emociones que vienen y van como las olas del mar.
*Maria La Baja, Bolivar, Colombia
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